AYUNO Y ABSTINENCIA

Por Magda Campos Carratalá

La Semana Santa es el tiempo más intenso y significativo del año para los cristianos.  Son días en los que recordamos y celebramos el mayor de los sacrificios: Jesús dio su vida para salvar al hombre. La Semana Santa es la culminación de un tiempo de reflexión, de preparación para intentar comprender y agradecer tal sacrificio; la Cuaresma es ese tiempo que debe ser la preparación a una Semana Santa sincera, sentida.

Si la Navidad es una explosión de ale­gría, de celebraciones copiosas y generoso derroche, la Semana Santa es todo lo con­trario. Si en Navidad es el nacimiento el motivo de las celebraciones, en la Semana Santa es la muerte, una muerte dolorosa que tiñe todas las manifestaciones artísticas, culturales, religiosas, culinarias… Sí, hable­mos de cocina, ya que es uno de los prime­ros y más destacados elementos de cual­quier celebración en nuestra cultura, pero es durante la Cuaresma cuando la gastronomía local alcanza cotas de imaginación y arte comparables con el mejor Salzillo.

El origen de los menús cuaresmales, aunque claro, parece hoy en día bastante olvidado, quizá por la relajación en el cum­plimiento de las normas que observa nuestra sociedad en los últimos años.  Sin embargo, no debemos olvidar que el carácter de sacri­ficio que envuelve a la Cuaresma afecta de manera especial a la gastronomía durante este tiempo en el que, tradicionalmente, se han respetado días de ayuno y abstinencia tomando como ejemplo a Jesucristo, quien se retiró al desierto durante cuarenta días para orar y ayunar. Pero recordemos las características de ambas prácticas.

El ayuno es una disciplina por la que voluntariamente se renuncia a ciertos ali­mentos por un tiempo definido, se limita el consumo de comida y bebida para imitar los sufrimientos de Cristo durante su pasión y como ayuda al dominio de las pasiones, de los apegos carnales. Hay dos tipos de ayuno: el Eucarístico y el de Cuaresma. En la actualidad se requiere un ayuno de una hora antes, aunque tiempo atrás era costum­bre ayunar desde la medianoche antes de recibir la Eucaristía. De esta costumbre nace la palabra “desayuno”, que significa ‘rom­per el ayuno’. En cuanto al ayuno de Cua­resma, la Iglesia establece el miércoles de ceniza y el Viernes Santo como días de ayuno (realizar una sola comida completa al día, tomando en las otras algo ligero) para todos los mayores de edad, hasta cumplir los 59 años y excluyendo a los enfermos.

Abstinencia es la virtud de privarse total o parcialmente de satisfacer los apetitos, la privación de determinados alimentos o bebi­das que, en el caso de los católicos, se refiere a la carne. Durante siglos la Iglesia ha mantenido la obligación de abstinencia de carne todos los viernes para los mayores de 14 años, aunque ahora la abstinencia de los viernes puede ser sustituida por un acto de piedad. Eso sí, el miércoles de ceniza y el Viernes Santo debe respetarse el ayuno y la abstinencia.

Con estas premisas cada zona (y cada pue­blo, o más aún, incluso cada casa) desarrollóun sistema de alimentación particular que, respetando las restricciones que imponía la norma religiosa, garantizaba la nutrición de los fieles y hacía más llevadero el sacrificio. En honor a la verdad debemos decir que el grado de perfección en la elaboración de platos “cuaresmales” hace dudar, en ocasio­nes, de la validez de la penitencia. Porque… ¿alguien tiene todavía la osadía de decir que comer trigo picado o su variante, “arras caldos”, es un acto de penitencia? Pues realmente su origen es ése: sustituir la carne por legumbres y verduras en una comida importante, de cuchara. La tradición en Novelda apunta que el trigo picado se come el “Día de la Vieja”, mientras que el “arros caldos” llega hacia la mitad de la Cua­resma. Afortunadamente, hoy en día estos platos son reconocidos mundial­mente por su propio valor y se pueden degustar en cualquier época del año.

Abierto el apetito, ya no podemos parar (ya saben… “todo es empezar”). Ni tenemos por qué, puesto que el catá­logo de platos para estas fechas es lo suficiente amplio y sabroso como para no perder un solo gramo. Podríamos seguir con una comida muy nuestra, tanto que incluso la llamamos de forma diferente a como lo hacen en otras zonas: el hervido o “bacallá bollit”, que es su nombre noveldero (como curiosi­dad, en Monforte se llama “caldico al sielo”). La paella de arroz con pescado es otro manjar que, además, permite variantes para todos los gustos (caldero, con marisco, caldoso, seco. ..). Pensán­dolo bien, tal como se está poniendo el precio del pescado la Iglesia debería plantearse promulgar la abstinencia de pescado y permitir la carne que, aunque el pollo traiga de cabeza al IPC, siem­pre resulta más barata que una maris­cada.

Almuerzos, cenas y comidas “de fiambre” quedan solucionadas con un surtido de “salaet” (mojama, bacalao, hueva, “tonyina de sorra”…), tomate, ajos y un manojo de habas tiernas cuya ingesta se convierte más en un ritual ancestral que en un simple acto alimen­ticio. En nuestra cocina no puede faltar en estos días la “caballa arreglá”, una caballa salada y adobada que, junto al bacalao frito con tomate, elevan la “mullaeta de pa” a una categoría que ni en sueños alcanzaría nunca una esferi­ficación de guisantes o la cuadratura del huevo. Hablando de huevos… ¿qué tal un huevo frito con una sardina y tomate seco, también frito? Vale, lo dejamos ya porque este tipo de pensa­mientos debe ser pecado mortal.

Alguien debía estar preocupado a estas alturas por la ausencia de lo que nosotros llamamos “lo dolset”. ¿Cómo podemos olvidar la coca de manteca y las toñas, que son el emblema novel­dense de Semana Santa? Precisamente, la coca de manteca señala el inicio de la Cuaresma (de todos es conocido su doble transgresión carnal: manteca y canela), mientras que la toña (la mona, si va con huevo) se reserva para cele­brar el final de este tiempo (el lunes de Pascua, día de la mona para nosotros).  Siguiendo con dulces, muy cerca, en Aspe, festejan el “último jueves” o “jira” con torrijas, que también merecen un puesto de honor en los recetarios caseros.

El catálogo de platos podría multi­plicarse tanto como la presencia de Arguiñano en televisión si acudimos a localidades próximas (en Crevillente almuerzan el Viernes Santo un pan tos­tado irrepetible con ajos y bacalao, per­dón, “abaexo” en crevillentino) o a las costumbres de cada familia (torta de migas, boquerón en vinagre o “vina­gretes”, “coca d’oli” o con sardina… Pero lo único que conseguiríamos sería reunir muchas más pruebas de que la habilidad e imaginación de nuestros antepasados (amas de casa, sobre todo) han conseguido convertir en auténtico placer lo que, en el fondo, no era más que un sacrificado deber. En fin, ten­dremos que buscar otras penitencias en Cuaresma, algo que también compone un nutrido catálogo (dejar de fumar, no beber alcohol…). Pero eso ya forma parte de otra historia.

Revista Semana Santa de Novelda. Año 2005

Anuncios

Aquí puede escribir su comentario.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: